El sistema de salud en Argentina atraviesa una etapa de contrastes. Por un lado, se observan importantes avances en tecnología médica y acceso a ciertos tratamientos de alta complejidad. Por el otro, persisten falencias estructurales, especialmente en provincias del norte y en el conurbano bonaerense. La fragmentación entre lo público, lo privado y las obras sociales dificulta la planificación integral. Esto genera una atención desigual según la región, los ingresos y la cobertura del paciente. La salud, lejos de ser un derecho garantizado, sigue dependiendo del azar geográfico y económico.

Los hospitales públicos, eje de la atención sanitaria para millones de argentinos, funcionan muchas veces al límite de sus capacidades. Faltan insumos, médicos especialistas y recursos básicos. Mientras tanto, clínicas privadas concentran los mejores equipos y profesionales, pero están fuera del alcance de gran parte de la población. El PAMI y las obras sociales, que deberían equilibrar la balanza, también enfrentan problemas de gestión y financiamiento. Esto provoca una saturación del sistema público, especialmente en épocas de alta demanda.

Las estadísticas revelan una paradoja: Argentina tiene una alta proporción de médicos por habitante, pero su distribución es muy desigual. CABA y grandes centros urbanos concentran profesionales, mientras que zonas rurales y provincias del NOA y NEA sufren una alarmante falta de cobertura. Esta disparidad se agrava en especialidades como pediatría, salud mental y ginecología. Aunque se impulsan incentivos para radicar profesionales en el interior, los resultados siguen siendo limitados. Las brechas sanitarias se mantienen.

La incorporación de tecnología y la digitalización del sistema son pasos importantes que comienzan a notarse. Algunas provincias avanzan en historias clínicas electrónicas y turnos online, lo que mejora la eficiencia. Sin embargo, en muchos distritos, los hospitales aún dependen de registros en papel. La brecha digital también es un factor de exclusión. Para que la innovación tenga un verdadero impacto, se necesita inversión sostenida y coordinación entre niveles de gobierno.

La pandemia de COVID-19 dejó al descubierto fortalezas y vulnerabilidades. La red de vacunación demostró capacidad de respuesta y compromiso del personal sanitario. Pero también evidenció la fragilidad del sistema ante emergencias. Las largas internaciones, el agotamiento médico y la falta de camas marcaron una etapa crítica. Hoy, la pospandemia obliga a repensar el sistema: con mayor inversión, planificación y enfoque federal. Porque la salud no puede seguir siendo una lotería según el código postal.

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