Los recuerdos parecen sagrados. Sentimos que si recordamos algo, entonces ocurrió. Pero la realidad es que la memoria no es una grabación perfecta, sino un sistema reconstruido, vulnerable al error… y a la imaginación.

Los falsos recuerdos son recuerdos de cosas que nunca ocurrieron o que ocurrieron de forma muy distinta. Pueden generarse por sugerencias, por mezclar historias, por influencias externas o por procesos emocionales.

Un experimento famoso de la psicóloga Elizabeth Loftus demostró que se puede implantar en alguien un recuerdo totalmente falso (como haber estado perdido en un shopping de niño), y que la persona lo reconstruya con lujo de detalles… sin que sea verdad.

Esto plantea dilemas importantes en la justicia (como los testimonios en juicios), pero también en la vida cotidiana. A veces, recordamos peleas, eventos o frases que el otro nunca dijo. Nuestra mente rellena los huecos sin que lo notemos.

También influye el estado emocional. Si recordás algo con enojo, probablemente ese recuerdo se deforme para justificar cómo te sentís. Lo mismo si estás triste, ansioso o eufórico. La emoción “recolorea” el pasado.

Entonces… ¿en qué confiar? La memoria no es 100% confiable, pero sí es significativa. Más allá de su precisión, los recuerdos nos muestran cómo interpretamos la vida, no solo lo que ocurrió objetivamente.

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