Los volcanes, aunque a menudo se asocian con destrucción, cumplen un papel vital en el equilibrio geológico y climático del planeta. A lo largo de millones de años, han dado forma a continentes, mares y atmósferas.
Cuando un volcán entra en erupción, libera gases, cenizas y lava. Estos elementos pueden parecer peligrosos, pero también enriquecen los suelos, forman nuevas tierras y ayudan a regular la temperatura global.
El dióxido de azufre que emiten algunos volcanes, por ejemplo, puede enfriar temporalmente la atmósfera al reflejar la luz solar. Hay estudios que sugieren que grandes erupciones han influido incluso en cambios históricos del clima.
Además, muchas zonas volcánicas son ricas en minerales y suelos fértiles, lo que favorece la agricultura. También son fuente de energía geotérmica, una alternativa limpia que aprovecha el calor del subsuelo.
No obstante, vivir cerca de un volcán activo conlleva riesgos. Por eso, la vigilancia volcánica y la preparación ante desastres naturales son clave para las comunidades cercanas a estas formaciones.
Comprender el papel de los volcanes más allá del peligro que representan nos ayuda a valorar su importancia en la historia geológica y ecológica de la Tierra. Son, en muchos sentidos, una fuerza creativa de la naturaleza.




