Aunque la mayor parte del universo —galaxias, estrellas, planetas— está hecho de materia visible, ésta representa menos del 5 % del universo conocido. El restante 95 % estaría compuesto por materia oscura y energía oscura, dos entidades que no vemos pero cuyos efectos sí podemos medir.

La materia oscura es una sustancia que no interactúa con la luz, pero ejerce gravedad: mantiene unidas las galaxias y hace que giren más rápido de lo que la materia visible permitiría. Aun así, no sabemos de qué está hecha. Diversos experimentos intentan detectarla directamente, sin éxito hasta ahora.

Por su parte, la energía oscura es el nombre que damos a la fuerza responsable de la expansión acelerada del universo. Desde el descubrimiento de este fenómeno a fines del siglo XX, la comunidad científica lucha por entender su naturaleza: ¿es una propiedad del espacio, un nuevo campo cuántico o una señal de que la gravedad no funciona igual en escalas grandes?

En los próximos años, observatorios como el telescopio espacial Euclid o el proyecto Vera Rubin Observatory recopilarán datos precisos sobre galaxias lejanas, supernovas y estructuras cósmicas, para tratar de desentrañar estos misterios.

Si logramos descubrir la naturaleza de la materia oscura o la energía oscura, no solo entenderemos mejor el universo, sino que podríamos revolucionar la física fundamental, cuestionar la teoría de la gravedad y abrir nuevos campos tecnológicos.

Por ahora, la materia oscura y la energía oscura siguen siendo los enigmas más profundos de la cosmología moderna. Nos recuerdan que, incluso con todo lo que sabemos, gran parte del universo sigue habitado por lo desconocido.

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