Julieta Rossi, quien en el momento del crimen tenía una relación de casi un año con Fernando Báez Sosa y compartían el sueño de estudiar Derecho juntos, dio un giro profundo en su vida. Luego de la muerte de Fernando a los 18 años, en enero de 2020, decidió apartarse del ruido mediático y reconstruirse desde un lugar diferente.

Alejada de juicios públicos y apariciones en documentales que relatan el caso, Julieta optó por un perfil silencioso. Reconoció que revivir los hechos públicamente le resultaba emocionalmente muy difícil, y prefirió preservar su proceso de duelo sin exposición. Con el tiempo encontró en la danza un refugio: se formó en estilos urbanos como reggaetón, “heels” y “femme style”, actúa como bailarina y profesora, genera contenido de baile en redes sociales y suma seguidores que valoran su dedicación artística.

Hoy, a los 23 años, Julieta ya no se define únicamente como “la novia de Fernando”, sino como una mujer joven que trabaja por sí misma, que eligió reconvertir el dolor en acción y que apuesta a un camino distinto. Su historia refleja una presencia discreta pero activa: un ejercicio de reconstrucción personal que combina disciplina artística, cuidado emocional y autenticidad.

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