Un viaje de egresados que debía comenzar con alegría terminó en alarma y tensión cuando los padres de los alumnos detectaron que el chofer del micro encargado de trasladarlos presentaba signos de estar bajo los efectos de drogas. El episodio ocurrió momentos antes de iniciar la salida, cuando las familias notaron comportamientos extraños en el conductor y decidieron exigir que se realizara un test toxicológico.

Según relataron los padres, el chofer mostraba movimientos erráticos, dificultad para hablar con claridad y un comportamiento que generó sospechas inmediatas. Tras insistir ante la empresa de transporte y las autoridades presentes, se realizó un control que habría arrojado resultado positivo para consumo de sustancias.

La indignación de los padres no tardó en estallar. Muchos denunciaron que la compañía responsable del viaje no había realizado los controles previos obligatorios y que, de no haber intervenido, los chicos hubieran partido con un conductor incapaz de garantizar su seguridad. Exigieron la inmediata remoción del chofer, el reemplazo de la unidad y la presencia de un segundo conductor habilitado.

El viaje quedó momentáneamente suspendido hasta que la empresa envió otro profesional y una unidad alternativa. Aunque finalmente el contingente pudo salir, el clima de desconfianza se mantuvo durante toda la jornada. Las familias remarcaron que el hecho expone una problemática grave: la falta de controles rigurosos en servicios que involucran a menores.

Organizaciones de seguridad vial recordaron la importancia de que los padres exijan siempre la presencia de controles de alcoholemia y narcolemia antes de viajar, sobre todo en traslados largos. “No es paranoia; es prevención”, señalaron.

En definitiva, el caso dejó una advertencia fuerte: sin controles serios y responsabilidad empresarial, la seguridad de cientos de estudiantes queda en riesgo. Y una vez más, fueron los propios padres quienes debieron actuar para evitar una tragedia anunciada.

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