La reducción del presupuesto y la ausencia de inversiones consolidan el deterioro del subte. Expertos advierten sobre un modelo de transporte urbano desequilibrado.

El recorte de fondos para el subte se transformó en un símbolo del ajuste en la Ciudad de Buenos Aires. Según datos de la ejecución presupuestaria, los recursos destinados al sistema cayeron más del 40% en términos reales desde 2018, mientras que las tarifas crecieron por encima del 600%.

La consecuencia es visible: formaciones obsoletas, demoras y estaciones con obras inconclusas. Las líneas E y H, que conectan barrios del sur, son las más afectadas, lo que profundiza las desigualdades en el acceso al transporte público.

“El norte tiene autopistas nuevas; el sur, trenes viejos y menos frecuencia”, resumió el urbanista Martín Orduna, del Observatorio del Transporte Metropolitano.

Sindicatos y especialistas coinciden en que la falta de planificación integral del sistema desincentiva el uso del transporte público y empuja a más porteños al automóvil particular.
Desde el gremio del subte advirtieron que la falta de repuestos podría dejar fuera de servicio varias formaciones antes de fin de año.

La administración porteña sostiene que el escenario económico impide nuevas inversiones, pero asegura que “la prioridad es sostener el servicio sin riesgos para los usuarios”.

La situación del subte reaviva un debate histórico: qué lugar ocupa el transporte público en la política urbana de la Ciudad. Con una red envejecida y en retroceso, los especialistas advierten que el sistema se acerca a un punto crítico.

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